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La madrugada del miércoles 9 de abril de 1952 la iglesia de Santa Teresa en Caracas estaba plena de feligreses que acudieron a la veneración anual del Nazareno de San Pablo. Mujeres, hombres, niños y ancianos iban desplazándose lentamente por los pasillos con la esperanza de poder tocar siquiera por unos instantes la imagen sagrada a la que la tradición popular atribuía importantes milagros.

La luz amarillenta que descendía de las lámparas adosadas a los centenarios muros y el humo producto de la combustión de las velas daban al lugar un aspecto fantasmagórico, el ambiente cargado de misticismo no podía, sin embargo, sustraerse de la natural tensión que produce siempre el apiñamiento humano; constantemente se oía el llanto de algún niño o la queja de alguien a quien habían pisado o tropezado. El calor y la humedad hacían que el aire por momentos fuera irrespirable; afuera, en contraste, a pesar de la miles de personas que esperaban turno para entrar hacía frío.

En el altar mayor el párroco Hortensio Carrillo ayudado por sus acólitos se aprestaba a oficiar la solemne misa y en uno de los pasillos la señora Ángela de Albarran, vecina de El Manicomio,conducía a su pequeño Héctor José de siete años por la fila que llevaba hasta el Nazareno, ella había logrado ingresar a las 4 de la madrugada por la puerta sur. Cerca de allí avanzaba muy lentamente una chica embarazada y un poco más allá Manuela Mendoza, natural del Paraguay quien no quería desperdiciar la oportunidad de pedir por los suyos en La Asunción. En cada una de las puertas con acceso al templo hombres uniformados de azul se encargaban de organizar la entrada y la salida de los fieles; la tarea no era fácil por el increíble volumen de personas y la larga jornada que debían afrontar, cumplían guardia desde la noche anterior y a esa hora de la madrugada se podía decir que el trabajo verdaderamente duro no había comenzado. La siguiente misa estaba pautada para las cinco y los actos litúrgicos no concluirían sino hasta bien entrada la noche de ese miércoles, para completar el cuadro, la puerta que daba al noreste se encontraba cerrada ese año por los trabajos de construcción de la avenida Bolívar y los edificios que la coronaban.

Cádaveres

Faltando un cuarto de hora para las cinco la tensión aumentaba, eran muchos los que deseaban estar presentes en la misa y presionaban por entrar mientras que los que ya estaban dentro se negaban a abandonar el recinto, el nerviosismo aumentaba por minutos y de pronto en la nave izquierda se escuchó un grito: ¡Se esta cayendo la iglesia! ¡Incendio! Atisbando entre las apiñadas cabezas de los asistentes el padre Hortensio trataba de adivinar qué sucedía y lo que pudo ver fue la más espeluznante escena de horror de toda su vida, desde todos los rincones la gente llena de pánico y sin saber bien que pasaba trataba de salir a toda costa, la palabra incendio se convirtió en un eco macabro que llenaba todo el lugar, no eran pocos los que caían arrodillados pidiendo a Dios por sus vidas solo para perecer aplastados por los que venían en estampida tratando de no morir calcinados. Los niños aterrados caían al piso como moscas y Ángela de Albarran llevada en volandas por la misma turba que le arrancó a su pequeño, tuvo que mirar impotente como Héctor José perdía la vida bajo numerosas pisadas. La mayor parte de la gente se arremolinó en la puerta noreste sin saber que estaba clausurada, lo que convirtió a aquel recodo de la iglesia en una trampa que cobró muchísimas vidas. En ese momento el monaguillo Manuel Sosa de 13 años, aunque impresionado por lo que veía saltó desde el altar mayor para tratar de salvar la vida de dos niños que estaban en el pasillo paralizados de terror, los tomo de las manos y los puso a salvo en el altar, desde allí divisó a otras tres criaturas que se encaminaban inocentemente a la trampa mortal de la nave izquierda; rápidamente llegó hasta ellos para ponerlos a resguardo, de camino al altar se topó con dos más y con todo el grupo se dirigió a la sacristía: Siete vidas en total salvadas por aquel valiente púber.

Héroe

El padre Hortensio trataba de calmar los ánimos sin ningún éxito; a cada minuto el terror de la gente aumentaba por la visión de los cuerpos triturados y la sangre regada por los pasillos y reclinatorios. El joven Tulio Alberto Adams recordaría más tarde, con el rostro bañado en lagrimas, como vio caer a su abuela Carlina de 87 años quien había ido desde Barquisimeto para pagar una promesa y la señora Rosa Guerra de la oriental ciudad de Carúpano relataría antes de morir en el puesto de socorros de Salas que pensó que estaba en el día del juicio final. Cuando por fin todo se calmó había medio centenar de fallecidos y 115 heridos. La gente que estaba fuera del templo trataba de averiguar que ocurría.

Poco a poco la policía fue tomando el control y al lugar fueron llegando las unidades del cuerpo de bomberos a las que se avisó de un fuego que se había declarado en el templo de Santa Teresa solo para encontrarse con la sorpresa de que el incendio nunca había tenido lugar, aquello solo había existido en la excitada imaginación de los presentes a partir del grito inicial proferido en la nave izquierda del templo. En la mañana y con los cadáveres aún apilados en la puerta este de la iglesia el padre Hortensio Carrillo lanzó una acusación ante la prensa.

– Lo ocurrido esta madrugada en nuestro templo obedece a un plan terrorista de conexiones internacionales. Asombrados ante la afirmación del párroco los reporteros de los distintos medios quisieron saber más.

– ¿En que basa usted la acusación que hace, padre?

– Tengo pruebas documentales de lo que digo – Aseveró Carrillo – la culpa de todo lo ocurrido la tiene una fuerza internacional diabólica que todo el mundo conoce por los muchos hechos dolorosos que ha causado en el mundo.

– ¿Se refiere usted a los comunistas?

– No acuso a ningún grupo en particular, me refiero a un oscuro ente que causa mucho daño, como por ejemplo lo que ocurrió en Colombia hace poco, lo que la prensa llamó El Bogotazo.

Diciendo esto dio por terminada su declaración y ante las insistentes preguntas de los periodistas por las pruebas, solo dijo que estaban en su poder pero que no las daría a conocer aunque estaba dispuesto a entregarlas a las autoridades si aquellas se lo requerían.

Se corrió la voz

Más tarde, ese mismo día se reunieron el alto clero y representantes del gobierno nacional, en la conversación se recogió la denuncia hecha por el padre Hortensio Carrillo y se iniciaron las investigaciones. Aníbal Rojas, jefe de la Brigada de Homicidios de la Seguridad Nacional fue puesto al frente de 100 hombres con la encomienda de esclarecer los hechos. El Presidente de la Junta de Gobierno, Germán Suárez Flamerich por su parte dedicó la jornada a visitar a los heridos en los puestos asistenciales y ordenó el pago de una indemnización vía beneficencia pública a aquellas sobrevivientes que hubiesen perdido a sus esposos en la tragedia. Para la tarde ya se habían practicado varias detenciones y se interrogaba a un centenar de testigos. Las declaraciones eran contradictorias, unos decían que la culpa la tenían los grupos terroristas manejados por el partido Acción Democrática (AD) y sus aliados comunistas, otros afirmaban que el grito de alarma solo tenía la intención de crear confusión para poder robar el anillo de oro de la Virgen de Coromoto y una sobreviviente aseguró a la policía que vio cuando varios hombres luego de propagar el rumor se dedicaron a cerrar las puertas del templo para acrecentar las muertes. En la noche solo quedaban dos hombres detenidos, la Seguridad Nacional continuaba los allanamientos por toda la ciudad y su director Pedro Estrada convocó a una rueda de prensa en su despacho a la mañana siguiente.

Al recibir a los periodistas lo primero que dijo el jefe policial fue lo siguiente:

-Con el trabajo de nuestros agentes se logró el pasado fin de semana la captura de 14 personas en el sector de Plan de Manzano que tenían como intención asesinar el Coronel Marcos Pérez Jiménez, Ministro de la Defensa Nacional. Según declaraciones de los detenidos es un plan diseñado por los líderes de AD Alberto Carnevalli y Leonardo Ruiz Pineda.

– ¿Dónde y cuando ocurriría eso? Preguntó uno de los periodistas

– En poder de esta gente encontramos un vasto arsenal de armas y explosivos y según uno de los implicados la idea era interceptar el vehículo del Coronel Marcos Pérez Jiménez, quien se encontraba con su familia en las playas de Macuto, cuando éste viniera de regreso a Caracas el miércoles santo. Una vez que lograran detener en la vía al coronel y sus escoltas mediante alguna treta, los hombres apostados en el cerro de Plan de Manzano comenzarían a disparar un gran número de bombas hasta asesinarlos. Además y según consta en documentos incautados a esta gente la Secretaría de Propaganda del disuelto partido Acción Democrática dispuso que en abril de este año se desencadenara una intensa movilización del ánimo público destinada a crear agitación permanente dentro de la opinión nacional.

– También tuvimos noticias – continuó Pedro Estrada – de que se preparaban actos terroristas destinados a crear alarma y confusión durante la celebración de los oficios religiosos de semana santa. Pero a pesar de las precauciones que habíamos tomado se produjo el infortunado suceso del templo de Santa Teresa donde perdieron la vida en su mayoría niños y mujeres del pueblo venezolano.

Asesinato sin querer

– De modo señor Estrada – Interrumpió uno de los reporteros – Que los sucesos de Santa Teresa tenían alguna relación con el atentado al Coronel Pérez Jiménez…

– Bueno los hechos están allí, fórmense ustedes por favor su propia opinión, dijo finalmente Estrada para dar por terminada la rueda de prensa.

Sin embargo al pasar los días los agentes de la Seguridad Nacional no pudieron establecer ninguna conexión entre ambos hechos que estuviera basada en pruebas serias y fundamentadas, solo había el rumor. Los dos hombres que fueron detenidos el mismo día de la tragedia fueron puestos en libertad por falta de elementos que los incriminaran y al final el jefe de la Brigada de Homicidios de ese cuerpo policial Aníbal Rojas reveló que el suceso no se debió propiamente a un acto criminal. Todo se produjo cuando una devota de edad avanzada rozó con el velo que llevaba en la cabeza una de las velas, incendiándose éste con rapidez, la llamarada momentánea que produjo hizo que alguien creyera que se propagaba un incendio y diera la voz de alarma, generando toda la lamentable confusión y el pánico colectivo. Esta versión de los hechos cerró el expediente criminal de uno de los sucesos más tristes vividos en nuestro país en el pasado siglo XX.

Lista de víctimas Editar

Esta es la lista oficial de víctimas publicada por la prensa de la época; como pasa casi siempre en estos casos pudiera adolecer de imprecisiones y errores en los nombres, pedimos disculpas de antemano si ese fuera el caso. Paz eterna a los que ese día rindieron su alma.

Fallecidos Editar

Elena de Manzanilla

Eloína Manzanilla

Carmen Manzanilla

Mercedes de Hernández

Rosa Guerra

María Méndez

Carolina Hugo de Adón

Alicia Margarita Parelles

Omaira Echezuría

Pedro Rivas

Ana Dolores González

Mireya Moreno

Luis Guillermo Benítez

Jesús Manuel Ávila

Mireya Ollarves

Toribia Mayora de Machuca

Carmen de Cardozo

Servilia Hernández Torres

Carlos Jesús Hernández

María Torres de Hernández

Ligia Blanco

Ramón José Machuca

Carmen Cardozo

Ana Tovar

Marcela de Mendoza

Héctor José Parra Albarrán

Carlota de Alfonso

Ángela Antonia Villalna Crespo

Carlos Alfredo Crespo

Lucrecia Peña de Mena

Rosa de Rodríguez

Gladys Toro

Luis José Méndez

Andrés Felipe Rodríguez

Ana Rosa Tovar

Ramona Berroterán

Carlos Enrique Díaz

Luis Enrique Méndez

Freddy Quintero

Gisela Martínez

Toribia de Maya

Albertina Wandenlinder de Flores Bonet

Juana Blanco

Marcelina Hernández

Carmen Mendoza

Berenice Contreras

Heridos Editar

Isabel de Martínez

Ana Ramona Alejo

María Celina Herrera

Celis Cabrera

Josefina Velutini

Reina González

Sofía Ramos

Josefina Quintero

Rosa León

Ruth Reyes

José Antonio Cartagena

Guadalupe García

Josefa Quintana

Amalia de Mercy

Yolanda Castillo

Estefanía Mújica

Carmen Albuja

Pedro Togliacarrico

Aracely Cabrera

Carolina Tovar

María de Bracamonte

Alexis Núñez

Aurora de Mireles

Carmela Moreno

Carlos E. Reyes

Ermelinda Álvarez

Yolanda Castillo

Estefanía Mújica

María S. Hernández

Lilia Betancourt

Pilar Ruda

Surgina Blanco

Olga Rodríguez

Elvira Soto

Tomasa de Soto

Carmen García

García

Olivo Flores

Andrés Castillo

Francisca Landaeta

Morcle Martínez

Amalia Meneses

Carlos Guedez

María Flores

Soledad de Pérez

Antonia Custigena

Isolina Alarcón

Nelson Alarcón

Virginia Cabrera

Lourdes Cabrera

Consuelo Albeija

Carmen Albeija

Amada Albeija

Angelina Albeija

Carmen de Acosta

Carlos González

Felicia Valdez

Adela Romero

Micaela Viera

Atiles Martínez

Berta Salazar

Jesusita Rivero

Margarita Rivero

Gladys Mújica

María Gil