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En una extensa entrevista concedida a un equipo de investigación de la Universidad Central de Venezuela en agosto de 1982, el Señor Pedro Estrada ex director de la Seguridad Nacional negó de manera sostenida que ese cuerpo policial hubiese cometido atropellos contra los derechos humanos y denunció que las historias sobre crímenes de la dictadura no eran sino  inventos de hombres con poca valía moral que buscaban convertirse en “héroes de la resistencia” para obtener dividendos políticos.   

En un momento incluso amenazó con revelar información documentada sobre la verdadera actuación de estos hombres durante la dictadura para desenmascararlos y poner fin con ello a lo que para él no era más que una vil infamia; esas revelaciones – decía Pedro Estrada- serían publicadas en un libro que para aquella fecha (1982) estaba en fase de corrección y seguramente se editaría luego de su muerte. Bien, Pedro Estrada murió en su casa de París el 11 de agosto de 1989 y hasta ahora aquel libro del que habló con tanta vehemencia no ha visto la luz, uno espera que algún día sea publicado pues sin duda constituiría un valioso documento histórico.

El régimen perezjimenista fue derrocado el 23 de enero de 1958 y casi de inmediato se comenzaron a divulgar relatos que hablaban de torturas, desapariciones y brutales asesinatos, por doquier aparecía un testimonio y la prensa de la época alimentaba sus espacios con ellos.  

Una de estas historias fue publicada en febrero de 1958 por La Voce d’ Italia, periódico en italiano que se editaba en Caracas, ahora bien hay que acotar que esta crónica no fue llevada a la mesa de redacción por algún interesado directo sino que fue más bien el resultado de una preciosista investigación llevada a cabo tres años antes por Gaetano Bafile, jefe de redacción de La Voce d’ Italia a instancias del editor del rotativo Attilio M. Cecchini.  Investigación que en un momento dado fue frustrada bajo amenaza de muerte y que solo vio la luz una vez que cayó la dictadura.

La historia comienza la noche del 25 de febrero de 1955 cuando a las afueras de la pensión Libanesa ubicada en el número 8 de Mercedes a Salas,  4 jóvenes sicilianos que bajaban hacia la avenida principal fueron abordados de manera brusca por un grupo de desconocidos y obligados a subir a dos vehículos; esa fue la última vez que se supo de Giusseppe Ferrantelli, Rosario La Porta, Vicenzo y Bernardino Piazza. La noticia de la misteriosa desaparición corrió como un sordo rumor por Caracas haciendo eco especialmente en la colonia italiana, lo único que se sabía a ciencia cierta era que los muchachos al momento de ser secuestrados tenían la intención de ir a ver una película como lo hacían todas las noches luego de cenar, por lo menos eso era lo que afirmaba una joven señora que había estado con ellos una hora antes en el comedor de la pensión.

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Lo que extrañaba del caso era la aparente falta de lógica en el secuestro, ninguno de aquellos hombres ganaba más de 180 bolívares al mes, no tenían vicios y todos eran bien conocidos por su dedicación al trabajo. Tres de ellos, Giusseppe Ferrantelli, Rosario La Porta y Vicenzo Piazza eran naturales del pueblecito de Burgio en Sicilia; Bernardino había nacido en Alessandria de la Roca y todos menos Ferrantelli llegaron a Venezuela en busca de oportunidades. Giusseppe Ferrantelli, alto, de piel broncínea, ojos negros y abundantes cejas había venido acicateado por el afán de aventurar; en su tierra había oído fantásticas historias sobre Caracas y su gente y quiso venir a constatarlas por sí mismo.

Luego de estar un tiempo acá decidió quedarse, así que se asoció con un grupo de sus compatriotas para comprar a crédito un viejo Chevrolet azul y blanco, con este vehículo recorrían los pueblos cercanos vendiendo todo tipo de baratijas. Para ahorrar lo que ganaban, Ferrantelli y sus socios decidieron alquilar una pieza grande en la pensión Libanesa que tenía como ventaja, buena y abundante comida por un precio razonable.


Bernardo Piazza quien tenía más tiempo en Caracas les presentó un buen día a Calogero Bacino, siciliano y dueño de la zapatería Roma; sitio donde armaron una tertulia que se reunía todas las tardes para recordar el lejano terruño. Pronto a aquella peña de nostálgicos se incorporarían Rosario Valenti y su tío Minzzione Polizzi quienes vivían por el mismo sector. La amistad del grupo se fue estrechando al calor de la nostalgia y los intereses comunes. Los siete hombres eran sicilianos y los siete compartían el deseo de regresar algún día a su patria tocados por la fortuna.

Al final de la misma semana en que Ferrantelli y sus tres socios fueron raptados, un extraño sujeto se presentó a la zapatería Roma, este hombre decía tener en su poder una carta de Giusseppe dirigida a Rosario Valenti. Calogero Bacino, propietario de la zapatería negó conocer a Valenti; el desconocido mensajero lo invitó entonces a tomar un café y Bacino sin saber exactamente porque, aceptó la propuesta. Cuando subía a la avenida Panteón con el hombre de la carta fue interceptado por tres sujetos más que lo obligaron a subir a una camioneta. Eso fue lo último que se supo de Calogero Bacino, más nunca sería visto.

Sede de la Seguridad Nacional

La evaporación de este quinto hombre prendió las alarmas entre los sicilianos que vivían en Caracas, no se sabía a ciencia cierta que podía estar pasando y la incertidumbre se agravó por el hecho de que la prensa siempre ávida de material para el morbo en esa oportunidad no ocupó ni un centímetro en el caso. Rosario Valenti al enterarse de que el hombre involucrado en la desaparición de Bacino decía tener una carta para él decidió que lo mejor era abandonar el país lo más pronto posible así que dirigió sus pasos a la Dirección de Extranjería para poner en orden sus papeles, cuál no sería su sorpresa cuando al salir de aquella institución dos desconocidos le cerraron el paso y lo hicieron subir a un automóvil. Fue también la última vez que se vio en Caracas a Rosario Valenti.

Casualmente al momento de ser introducido Valenti al misterioso auto fue avistado por un amigo de su tío Minzzione Polizzi quien inmediatamente fue a enterarlo de la nueva, una vez que fue informado de la suerte de su sobrino, Polizzi aterrado se llegó hasta una agencia de turismo para tramitar con urgencia los documentos que le permitieran abandonar el país. En la puerta de la agencia un tipo se le acerco conminándolo a abordar una camioneta. A Minzzione Polizzi también se lo tragaría la tierra.

En este punto un verdadero pánico se había apoderado de los sicilianos, los rumores iban y venían, cada uno temía ser el próximo en desaparecer sobre todo porque todos los italianos meridionales residentes en Caracas estaban todos conectados de una manera o de otra. De hecho los siete hombres desaparecidos eran altamente apreciados por la colonia pues aparte de la peña de la zapatería Roma solían frecuentar la tertulia que hacía vida en el hotel del mismo nombre. Los asustados italianos trataban de buscar una explicación que parecía no existir; los 7 inmigrantes eran todos hombres humildes, sanos y sin antecedentes judiciales. Al ver que las autoridades y la prensa nacional hacían mutis el periodista italiano Attilio M. Cecchini, director de La Voce d’Italiaresolvió averiguar por su cuenta cual había sido la suerte de sus compatriotas. Esta decisión solo la compartió con su jefe de redacción Gaetano Bafile a quien encargó una investigación a fondo de los hechos. Le pidió que en ningún momento recurriera a la policía y que trabajara con la mayor discreción.

Gaetano Bafile dedicó varias semanas a la investigación, con paciencia de orfebre fue hilvanando los detalles del caso y entre una pista y otra descubrió una verdad escalofriante; inmediatamente supo que lo que tenía entre manos era una bomba y esta impresión le fue confirmada por un policía que se enteró de sus avances, el funcionario se le acercó una tarde solo para decirle con fingida cordialidad:

– Amigo, no camine sobre dinamita

Ante esta amenaza Cecchini y Bafile decidieron archivar el caso; para ellos no tenía sentido exponer su seguridad personal y el futuro del periódico en una situación como la que vivía el país. Así que la historia de los 7 sicilianos quedaría archivada para mejores tiempos.

Gobernando

El país tuvo que esperar hasta la caída de la dictadura para saber que le había pasado a aquellos hombres. A mediados de 1955 la pesquisa de Bafile lo había llevado hasta una agencia de turismo de la urbanización El Bosque en el este de la ciudad. Esta compañía que figuraba en el registro mercantil con el nombre de gestoría Capri era regentada por Ada Di Tomaso, una linda italiana de nívea piel y de enérgico e inestable carácter. Su negocio era arreglar la documentación de los sicilianos de Caracas y gozaba de la preferencia de estos por la rapidez y eficacia con la que hacía estas gestiones. Bafile pudo determinar que la presteza con que se diligenciaban  los documentos se debía a un contacto especial que Ada tenía con un grupo de la Seguridad Nacional conocido como el sexteto de la muerte, la relación con este círculo la había establecido gracias a su esposo, un portugués llamado Angiolino Apolinario que figuraba como confidente en la nómina de aquel cuerpo policial.

Resultó que Ferrantelli iba con bastante frecuencia a la gestoría Capri, se había hecho muy amigo de Apolinario, quien un día como no queriendo la cosa le confesó la relación que tenía con la Seguridad Nacional, le habló de los beneficios económicos que le generaba aquello y cuando vio el brillo de la codicia en los ojos del italiano le habló de la posibilidad de recomendarlo con sus amigos del gobierno. El siciliano entusiasmado le pidió que intercediera por él.

– No te prometo nada – le respondió Apolinario – pero déjame hablar con la gente a ver qué dicen.

A los pocos días, el portugués le concertó una cita con el coronel de la Guardia Nacional Oscar Tamayo Suarez, Ferrantelli entusiasmado acudió a la misma con su socio y compañero de habitación Vicenzo Piazza quien también estaba interesado en ingresar a la nómina de espías de la Seguridad Nacional. La primera entrevista tuvo un carácter puramente formal y al término de la misma el coronel les pidió que regresaran al día siguiente. Luego de algunos días y teniendo un perfil completo de los 2 sicilianos, el coronel Tamayo quiso saber cómo se manejaban con las armas; los llevó al polígono de tiro y allí pudo ver que eran excelentes tiradores. Ese mismo día les habló de una primera misión que debían cumplir, la misma era muy delicada y requería de un tercer hombre, que al igual que ellos fuera discreto. Ferrantelli no dudó en recomendar a Bernardino Piazza. Una vez que éste ingresó al equipo, el coronel los puso al tanto de la misión: Debían asesinar a Marcos Pérez Jiménez, Presidente de la República. Al ver el azoro de los sicilianos Tamayo recurrió al aceite que afloja todas las bisagras, les dijo que la recompensa por el “trabajito” era de 400.000 Bs. la mitad de esta suma se pagaría antes del atentado y la otra mitad una vez realizado junto con los pasajes y documentos necesarios para regresar a Italia.

El coronel puso a Giusseppe Ferrantelli al mando de la operación acotándole que ellos, por cuenta propia, tenían que procurarse las armas a ser utilizadas.

– Encárgate tú de la logística chico, pero eso si me mantienes informado.

Esto llevó a la inclusión de dos hombres más en el plan, Ferrantelli habló con Minzzione Polizzi y le encomendó la tarea de comprar las pistolas en Italia, este envió a su sobrino Valenti a Sicilia y al poco tiempo estaba de regreso con las armas. En la aduana del puerto de La Guaira ningún funcionario molestó al muchacho.

En enero de 1955 el grupo de sicilianos montó una fiesta en la zapatería de Bacino, celebraban por adelantado la oportunidad que el destino había puesto en sus manos de regresar ricos al terruño. Ninguno se dio cuenta de los hombres que afuera rondaban el negocio, por esas fechas tampoco notaron que su Chevrolet azul y blanco era seguido a todas partes por un automóvil de la SN y mucho menos cayeron en cuenta que el hombre que alquiló la pieza contigua a la suya en la pensión Libanesa era en realidad un agente encubierto.

Pronto comenzó la razzia que acabaría con la vida de siete humildes hombres, llevados a una trampa mortal con la carnada de la avaricia. El 25 de febrero de 1955, Pedro Estrada ordenó la detención y desaparición de los “conspiradores”. La operación duró exactamente una semana y al final de la misma la limpieza se había realizado precisión quirúrgica.

De acuerdo a las investigaciones llevadas a cabo por Gaetano Bafile, jefe de redacción de La Voce d’Italia el complot magnicida había sido una farsa montada por el propio Pedro Estrada, el coronel Tamayo y Miguel Silvio Sanz para congraciarse con el dictador Marcos Pérez Jiménez, aparecer ante él como sus salvadores. Concebido y organizado el maquiavélico plan contrataron a Angiolino Apolinario y a su mujer Ada Di Tomaso a quienes ofrecieron 200 mil bolívares para que buscaran a los infelices que calzaran en la trampa. También se supo entonces que en cierta forma el plan había fracasado pues un octavo italiano de nombre Josi (complicado en la falsa operación) había salido del país pues su padre había muerto. Con ese cabo suelto no era bueno arriesgarse, así que Estrada tomó la decisión de secuestrar y desaparecer a los otros 7 sicilianos, hacer que se los tragara la tierra y que más nunca nadie supiera de ellos.

Dos de los hombres fueron asesinados por agentes de la seccional este de la SN, ubicada en Los Dos Caminos, el resto cayó en las manos del llamado “gang” de la muerte, constituido entre otros esbirros por Luis Enrique Torres (Torrecito), Braulio Barreto y Delgado Díaz quienes los ultimaron en las cercanías de una solitaria carretera al oriente del país, allí los enterraron para luego instalar un sembradío de patillas encima de las tumbas clandestinas.

Apolinario, ni corto ni perezoso abandonó el país al caer la dictadura. Cuando La Voce d’Italia reveló los resultados de su investigación Ada Di Tomaso demandó al editor por “difamación e injuria”; pero no contaba con que aquella maniobra de distracción movería al doctor Francisco Visconti, quien había sido cónsul de Venezuela en Nápoles entre 1949 y 1950, a terminar de correr el velo de la macabra trama. El 25 de mayo de 1958, el doctor Visconti acudió ante el juez Guillermo Tell Aveledo, responsable del Juzgado Segundo de Instrucción para consignar una denuncia.

– A mediados de 1955 – atestiguó Visconti – Angiolino Apolinario y Ada Di Tomaso me confiaron que habían descubierto un plan magnicida contra el presidente y que al saberlo lo denunciaron a la Seguridad Nacional. No es sino hasta ahora que me enteró al leer lo publicado por La Voce d’Italia qué era lo que realmente había detrás de todo aquello. Esa “denuncia” dio comienzo al bárbaro proceso que llevó a la tumba a 7 hombres. Hoy – continuó el ex cónsul – un sentido de humanidad y de justicia me mueve a colaborar con las autoridades para que esta situación no quede en el olvido.

Ada Di Tomaso, dueña de la Gestoría Capri fue citada a declarar en el Juzgado Segundo de Instrucción, allí presa del pánico negó estar involucrada en el hecho; al día siguiente se la tragó la tierra.

Enredado en la maraña de denuncias ciertas y falsas que se produjo en el país a raíz de la caída del régimen perezjimenista, el caso de los 7 sicilianos fue cayendo en el olvido. Sin pruebas sólidas nadie podía ser castigado por aquellas muertes. La impunidad se aposentó como lamentablemente sucede en muchas ocasiones. 

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